Texto adaptado de charlas por invitación en FHI (Oxford University) y la Charity International Happiness Conference(2007).

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EL PROYECTO ABOLICIONISTA


INTRODUCCIÓN

Esta es una charla sobre el sufrimiento y sobre cómo librarse de él.
Pronostico que aboliremos el sufrimiento en todo el mundo vivo.
Nuestros descendientes estarán motivados por gradientes de bienestar genéticamente reprogramado, órdenes de magnitud más ricos que las más sublimes experiencias actuales.

En primer lugar, bosquejaré por qué es técnicamente posible abolir los sustratos biológicos de cualquier clase de experiencia desagradable (dolor psicológico tanto como dolor físico).
En segundo lugar, voy a argumentar que el proyecto abolicionista tiene urgencia moral suprema, independientemente de que uno suscriba o no a alguna forma de utilitarismo moral.
En tercer lugar, voy a exponer por qué una revolución biotecnológica implica que esto va a ocurrir, aunque no tan rápido como debería.

1: ¿POR QUÉ ES TÉCNICAMENTE FACTIBLE

Lamentablemente, ni las reformas socioeconómicas, ni el crecimiento económico exponencial, ni el progreso tecnológico en el sentido habitual, ni ninguna de las panaceas tradicionales para resolver los males del mundo abolirán el sufrimiento, al menos no por sí solas. Mejorar el ambiente externo es algo admirable e importante; pero estas mejoras no pueden recalibrar nuestra disposición a la estabilidad hedónica ["hedonic treadmill"] por encima de un techo limitado genéticamente. Los estudios sobre gemelos confirman que existe un punto (en parte) heredable de bienestar —o malestar— alrededor del cual tendemos a fluctuar durante el curso de nuestra vida. Este punto varía de una persona a otra. (Es posible mover hacia abajo este punto hedónico, infligiendo estrés prolongado sin ímites; pero incluso este reajuste no es tan fácil como parece: las tasas de suicidio por lo general se reducen en tiempos de guerra; y los estudios1 sugieren que seis meses después de sufrir un accidente que provoca cuadriplegia no somos, por regla general, ni más ni menos felices de lo que lo éramos antes de la tragedia.] Por desgracia, los intentos de construir una sociedad ideal no pueden superar este techo biológico, ya se trate de utopías de izquierda o de derecha, socialistas o de libre mercado, religiosas o laicas, de alta tecnología futurista, o simplemente de "cultivar nuestro propio jardín". Incluso si se lograse absolutamente todo lo que los futuristas tradicionales han pedido —eterna juventud, riqueza material ilimitada, libertad morfológica, superinteligencia, realidad virtual envolvente, nanotecnología molecular, etc.—, no hay pruebas de que nuestra calidad de vida subjetiva vaya, en promedio, a sobrepasar significativamente la de nuestros antepasados cazadores-recolectores —o la de un miembro de una tribu actual de Nueva Guinea— mientras no se mejoren las vías neuronales de recompensa. Esta afirmación es difícil de probar debido a que no disponemos de herramientas sofisticadas de escaneo cerebral; pero los índices objetivos del malestar--por ejemplo, las tasas de suicidio--la confirman. Los humanos no mejorados seguirán siendo presa de la gama de emociones darwinianas, que van desde el sufrimiento terrible hasta las pequeñas decepciones y frustraciones —tristeza, ansiedad, celos, angustia existencial. La biología de estos seres forma parte de "la esencia de la humanidad". Los estados de conciencia subjetivamente desagradables existen porque fueron adaptativos genéticamente. Cada una de nuestras emociones básicas tuvo una función distintiva durante nuestro pasado evolutivo, tendiente a promover comportamientos que incrementasen la eficacia reproductiva inclusiva de nuestros genes en el ambiente ancestral.

Así pues, si manipular nuestro ambiente externo por sí sólo no puede en ningún caso abolir el sufrimiento y el malestar, ¿qué es lo que sí puede funcionar técnicamente?

He aquí tres escenarios, en orden ascendente de plausibilidad sociológica:

a) el wireheading
b) las drogas de diseño
c) la ingeniería genética
y —y esto es en lo que quiero centrarme— la inminente revolución reproductiva de los bebés de diseño.

a) Recordemos que el cableado cerebral ["wireheading"] es la estimulación directa de los centros de placer del cerebro por medio de electrodos implantados en las áreas correspondientes. La autoestimulación intracraneal no exhibe tolerancia fisiológica o subjetiva, es decir, es igual de gratificante después de dos días que después de dos minutos. El wireheading no causa daños a terceros; tiene una huella ecológica pequeña; elimina el dolor psicológico y físico; y es tal vez mucho menos ofensivo para la dignidad humana que el acto sexual. Admitimos que el wireheading de por vida parece una posibilidad atractiva sólo para un puñado de personas con depresión grave. Pero, ¿cuáles son los argumentos técnicos en su contra?

Pues bien, el wireheading no es una solución evolutivamente estable: existirá siempre una presión selectiva contra su adopción generalizada. El wireheading no promueve conductas tendientes a la reproducción de la especie: una madre conectada, ya sea o no humana, no tiene ganas de criar bebés conectados. La felicidad uniforme e indiscriminada, bajo la forma del wireheading o de sus equivalentes, pondrá en los hechos punto final a la experiencia humana, al menos si se adoptase a escala global. La neuroestimulación directa de los centros de recompensa destruye la sensibilidad a la información de los estímulos ambientales. Así, suponiendo que deseamos ser inteligentes —y volvernos más inteligentes de lo que hoy somos—, tenemos varias opciones. Los agentes inteligentes pueden tener una estructura de motivación basada en gradientes del malestar, común en algunos de los pacientes que hoy sufren depresión crónica. O bien, los agentes inteligentes pueden tener nuestra mezcla típica habitual de placeres y dolores. O bien, alternativamente, podemos tener una economía de información mental basada enteramente en gradientes [adaptativos] de dicha cerebral —que es lo que voy a defender aquí.

En realidad, descartar así el wireheading puede ser prematuro. En un futuro lejano, no se puede descartar la posibilidad de descargar todo lo desagradable o mundano en superordenadores inorgánicos, prótesis y robots, mientras disfrutamos de una felicidad orgásmica uniforme. O tal vez no una felicidad orgásmica, sino algún otro conjunto de estados ideales que ya no puedan ser mejorados. Pero eso es una especulación. Cualquiera que sea nuestro destino final, pienso que sería más prudente aspirar tanto a la súper-felicidad como a la súper-inteligencia--por lo menos hasta que comprendamos todas las implicancias de lo que estamos haciendo. No hay una urgencia moral para maximizar la súper-felicidad como la que hay para abolir el sufrimiento.

[Merece señalarse que la opción de "descarga" presupone que los ordenadores inorgánicos, las prótesis y los robos no sienten —o al menos no tienen por qué sentir— dolor subjetivo fenoménico aun sí su arquitectura funcional les permite evitar y responder a estímulos nocivos. Esta ausencia de sufrimiento inorgánico no es realmente controvertida en el caso de los ordenadores existentes —apagar el PC no tiene implicaciones éticas, y un robot de silicio puede ser programado para que evite los ácidos corrosivos sin que experimente agonía al ser dañado. Es discutible si un sistema informático con una arquitectura clásica de von Neumann podrá llegar a tener algún tipo de conciencia significativa. Yo soy escéptico al respecto; pero en cualquier caso esto no afecta la cuestión relativa a la opción de descarga, a menos que se sostenga que la textura subjetiva del sufrimiento es funcionalmente esencial para cualquier sistema capaz de evitar estímulos perjudiciales.]

b) La segunda opción técnica para erradicar el sufrimiento son las drogas de diseño futuristas. En la era de la medicina post-genómica avanzada, ¿será posible diseñar racionalmente drogas de placer realmente ideales que proporcionen bienestar de por vida, social adaptado y sin efectos secundarios inaceptables? En este caso la expresión "drogas de placer ideales" es una mera simplificación. Estas drogas pueden, en principio, incluir el bienestar cerebral, empático, estético, y quizá espiritual —y no sólo el placer hedonista en el sentido unidimensional y amoral que suele darse al término.
No estamos hablando aquí de euforizantes recreativos, los cuales se limitan a activar los mecanismos de retroalimentación negativa del cerebro; ni de la satisfacción opiácea superficial de Un mundo feliz; ni tampoco de drogas que inducen manía eufórica, que traen aparejadas la excitación descontrolada, la pérdida de la comprensión crítica, la grandiosidad y el volar de las ideas. ¿Podemos desarrollar verdaderas drogas maravillosas que brinden un bienestar sublime de un modo sostenible, recalibrando la tendencia a la estabilidad hedónica para asegurar una alta calidad de vida para todos?

El término "drogas" inquieta a muchos- lo cual es comprensible dadas las nocivas drogas callejeras de hoy y sus anodinos homólogos clínicos. Sin embargo, aun los investigadores e intelectuales de nuestra sociedad suelen consumir la droga tonta por excelencia: el alcohol etílico. Si es socialmente aceptable tomar una droga que lo hace a uno feliz y estúpido temporariamente, ¿por qué no diseñar racionalmente drogas que incrementen permanentemente la felicidad y la inteligencia de la gente? Es de suponer que, con el fin de limitar el potencial de abuso, uno querría que cualquier droga de placer fuera similar --en un sentido limitado pero importante-- a la nicotina, donde el cerebro del fumador calibra finamente el nivel óptimo, sin escaladas de dosis fuera de control.

Por supuesto, las soluciones basadas en drogas presentan todo tipo de dificultades. Desde el punto de vista técnico, creo que estas dificultades se pueden superar, aunque no intentaré demostrar esto aquí. Pero hay una cuestión más fundamental. Si no existiera algo profundamente equivocado —o al menos profundamente inadecuado— con el estado natural de conciencia actual que nos legó la evolución, no tendríamos tanto interés en cambiarlo. Incluso cuando no es desagradable, la conciencia cotidiana es mediocre comparada con lo que llamamos experiencias sublimes. Es de suponer que la conciencia cotidiana normal fue adaptativa, en el sentido de que ayudó a nuestros genes a dejar más copias de sí mismos en la sabana africana; pero, ¿por qué preservarla como nuestro estado por defecto de forma indefinida? ¿Por qué no cambiar la naturaleza humana reparando, literalmente, nuestro código genético?

Nuevamente, este rechazo de las soluciones farmacológicas puede ser precipitado. Podría decirse que las drogas sintéticas utópicas siempre podrán ser útiles para un ajuste fino y fácilmente reversible de la conciencia; también pienso que las drogas de diseño serán una herramienta indispensable para explorar las diferentes variedades de la mente consciente. Pero, ¿no sería mejor si todos naciéramos con una predisposición a la salud mental óptima en lugar de tener que automedicarnos de manera crónica? Ni el más ardiente abolicionista propone dar cócteles de drogas a todos los niños desde el nacimiento, o pretender que de adultos tomemos esos cócteles de drogas por el resto de nuestras vidas.

c) En tercer lugar, pues, hay soluciones genéticas, que abarcan la terapia en células somáticas tanto como en células germinales.
A modo de contexto, se puede decir que hoy en día hay una minoría de personas que están siempre deprimidas o distímicas, aunque en distintos grados. Los estudios con ggemelos monocigóticos y dicigóticos confirman que la depresión posee un importante componente genético. Como contrapartida, hay personas que son optimistas por temperamento. Más allá de los optimistas, hay una pequeña minoría de personas que los psiquiatras llaman hipertímicas. Los hipertímicos no son maníacos ni bipolares; pero según los estándares contemporáneos siempre están extremadamente felices, aunque algunas veces más felices que otras. La gente hipertímica responde de modo "apropiado" y adaptativo a su ambiente. De hecho, son particularmente enérgicos, productivos y creativos. Incluso cuando están felices, no están "embriagados de felicidad".

Ahora bien, ¿qué sucedería si, como civilización, optásemos por volvernos genéticamente hipertímicos, adoptando un sistema de motivación regido completamente por gradientes adaptativos de bienestar? De modo más radical, a medida que se comprendan los determinantes genéticos del tono hedónico, ¿podríamos optar por añadir múltiples copias adicionales de combinaciones de aquellos genes y/o alelos que promuevan la hipertimia y sus promotores del ADN reguladores —sin abolir la homeostasis y la tendencia a la estabilidad hedónica, sino desplazando nuestro nivel hedónico predeterminado hacia un punto muchísimo más alto?

Aquí hay tres cuestiones:
En primer lugar, podría parecer que esta recalibración genética importa otro tipo de uniformidad; pero vale la pena recordar que las personas más felices —y especialmente las hiperdopaminérgicas— responden habitualmente a una gama más amplia de estímulos potencialmente gratificantes que las personas depresivas: muestran mayor propensión a la conducta exploratoria. Esto hace menos probable que queden atascadas en un equilibrio subóptimo, tanto para el individuo con capacidades mejoradas como la sociedad posthumana en su conjunto.

En segundo lugar, la hipertimia universal puede parecer un gigantesco experimento; y, en cierto sentido, lo es. Pero toda reproducción sexual es un experimento. Jugamos a la ruleta genética, barajamos nuestros genes y tiramos los dados de nuestro ADN. A la mayoría de nosotros la palabra "eugenesia" nos provoca estremecimiento; pero eso es lo que realmente estamos haciendo, de forma rudimentaria e incompetente, cuando elegimos a nuestra futura pareja. La diferencia es que en las próximas décadas, los futuros padres serán capaces de actuar de manera cada vez más racional y responsable en sus decisiones reproductivas. Los diagnósticos genéticos preimplantatorios van a ser algo rutinario; los úteros artificiales nos liberarán de las restricciones que impone el canal de parto; y una revolución en la medicina reproductiva comenzará a sustituir a la antigua lotería darwiniana. La cuestión no es si avecina una revolución reproductiva, sino qué clases de seres —y qué clases de conciencia— queremos crear.

En tercer lugar, ¿no será esta revolución reproductiva patrimonio exclusivo de las élites ricas de occidente? Probablemente no por mucho tiempo. Comparemos el breve lapso transcurrido entre la introducción de, por ejemplo, los teléfonos móviles y su adopción a escala mundial, con el correspondiente periodo de 50 años que medió entre la introducción y la adopción de la radio; y el intervalo de 20 años entre la introducción y la penetración de la televisión. El tiempo transcurrido entre la introducción inicial y la aceptación global de nuevas tecnologías se está reduciendo rápidamente. Al igual que su precio.

De todas formas, una de las ventajas de recalibrar genéticamente la tendencia a la estabilidad hedónica en vez de abolirla totalmente, al menos en el futuro predecible, es que los análogos funcionales del dolor, la ansiedad, la culpa e incluso la depresión se pueden preservar sin su desagradable textura fenoménica tal y como la entendemos hoy. Podemos retener los análogos funcionales del descontento —que constituye acaso el motor de progreso— y preservar el discernimiento y la visión crítica ausentes en quienes sufren de manía eufórica. Incluso si se aumenta masivamente el tono hedónico, e incluso si nuestros centros de recompensa se amplifican física y funcionalmente, todavía será posible, en principio, conservar gran parte de nuestra actual arquitectura de preferencias. Si usted prefiere Mozart a Beethoven, o la filosofía al más trivial de los pasatiempos, siempre podrá mantener este orden de preferencias aunque se haya enriquecido enormemente su tono hedónico.

Personalmente pienso que sería mejor que nuestro sistema de preferencias fuera radicalmente cambiado, y buscáramos [pido perdón por la jerga] una "re-encefalización de las emociones". La evolución a través de la selección natural nos ha dejado fuertemente predispuestos a establecer todo tipo de preferencias disfuncionales que nos perjudican a nosotros tanto como a los demás en beneficio de nuestros genes. Recordemos a Genghis Khan: "La mayor felicidad consiste en desbandar a tus enemigos, perseguirlos, ver sus ciudades reducidas a cenizas, ver a sus seres queridos bañados en lagrimas, y abrazar en tu pecho a sus esposas e hijas".

Pues bien, me dicen que el mundo académico no llega a ser tan malo, pero incluso la vida universitaria tiene sus formas de salvajismo urbano; su competitiva búsqueda de estatus y sus rituales de dominación "macho alfa" son un juego de suma cero con muchos perdedores. Muchas de nuestras preferencias reflejan comportamientos desagradables y estados mentales que eran genéticamente adaptativos en el ambiente ancestral. ¿No sería mejor si en su lugar reescribiéramos nuestro propio código corrupto? Me he centrado aquí en mejorar el tono hedónico por vía genética. Pero el dominio de la biología de las emociones significa que seremos capaces, por ejemplo, de incrementar nuestra capacidad de empatía, amplificar funcionalmente las neuronas espejo y diseñar un incremento sostenido de la liberación de oxitocina para promover la confianza y la sociabilidad. Asimismo, podremos identificar el patrón molecular de, por ejemplo, la espiritualidad, nuestro sentido estético o nuestro sentido del humor, y también modular y "sobre-expresar" la maquinaria psicológica asociada. Desde una perspectiva de la teoría de la información, lo que es fundamental para una respuesta al medio adaptativa, flexible e inteligente no es el nivel absoluto en la escala hedónica, sino la sensibilidad a las diferencias de información. Es más, los teóricos de la información a veces simplemente definen la información como una "diferencia que hace una diferencia".

Sin embargo, hago nuevamente hincapié en que esta re-encefalización de las emociones es opcional. Técnicamente es factible diseñar el bienestar de todo el mundo sensible y también preservar en gran parte --aunque no completamente-- nuestro actual sistema de preferencias. Las tres opciones técnicas para abolir el sufrimiento que he presentado —wireheading, drogas sintéticas e ingeniería genética— no se excluyen mutuamente. ¿Son exhaustivas? No estoy al tanto de ninguna otra opción viable. Algunos transhumanistas creen que algún día todos podremos ser escaneados, digitalizados, cargados en ordenadores inorgánicos y reprogramados. Tal vez; en lo personal soy escéptico, pero en cualquier caso esta propuesta no resuelve el sufrimiento de la vida orgánica existente, a menos que adoptemos el llamado uploading destructivo: una opción de Holocausto que ni siquiera voy a considerar aquí.

2: POR QUÉ DEBE SUCEDER

Supongamos que en los próximos siglos adquirimos este extraordinario poder sobre nuestras emociones. Supongamos también que la función de señalización de las experiencias desagradables puede ser reemplazada —ya sea por medio de la recalibración aquí defendida, o mediante la "descarga" de todo lo desagradable y rutinario hacia prótesis inorgánicas, implantes biónicos u ordenadores inorgánicos—, o quizá eliminándolas completamente en el caso de experiencias como los celos. ¿Por qué deberíamos ser abolicionistas?

Si uno es un utilitarista clásico, el proyecto abolicionista se sigue como consecuencia: es Bentham más biotecnología. No es necesario ser un utilitarista clásico para apoyar la abolición del sufrimiento; pero todos los utilitaristas clásicos deberían adoptar el proyecto abolicionista. Bentham abogó por la reforma social y legislativa, lo cual está muy bien hasta donde puede llegar; pero eso fue antes de la era de la biotecnología y de la medicina genética.

Para un budista con conocimiento de la ciencia moderna, el proyecto abolicionista también se sigue. Los budistas, de manera singular entre las religiones del mundo, se centran en la primacía del sufrimiento en el mundo viviente. Los budistas pueden pensar que el Noble camino óctuple ofrece una ruta más segura al Nirvana que la ingeniería genética; pero, en principio, no es fácil para un budista argumentar en contra de la biotecnología, si ésta funciona. Los budistas se centran en el alivio del sufrimiento a través de la extinción del deseo; pero conviene señalar que esa extinción es técnicamente opcional, y se puede alegar que daría lugar a una sociedad estancada. En lugar de ello, es posible abolir el sufrimiento y continuar teniendo todo tipo de deseos.

Persuadir a los seguidores del Islam y de la tradición judeocristiana es un desafío mayor. Pero los creyentes sostienen —a pesar de las anomalías de la evidencia empírica — que Alá/Dios es infinitamente compasivo y misericordioso. Así que si los meros mortales pueden contemplar el bienestar de todos los seres sintientes, parecería una blasfemia sostener que el alcance de la benevolencia de Dios es más limitado.

La mayoría de filósofos contemporáneos no son utilitarianistas clásicos, budistas ni teístas. ¿Por qué, por ejemplo, debería un pluralista ético tomarse en serio el proyecto abolicionista? Aquí quiero hacer mías las palabras de Shakespeare:

"Pues no ha habido aún filósofo
capaz de soportar pacientemente el dolor de muelas"

[Mucho ruido y pocas nueces, Escena cinco, Primer acto (palabras de Leonato)]
Cuando padecemos un dolor físico atroz, siempre nos horroriza lo aterrador que puede ser.
Es tentador suponer que el dolor puramente "psicológico" —soledad, rechazo, angustia existencial, pena, ansiedad, depresión— no puede ser tan atroz como el dolor físico extremo; pero el motivo por el que cada año más de 800.000 personas ponen fin a su vida es principalmente la angustia psicológica. No es que no tengan valor otras cosas: el gran arte, la amistad, la justicia social, el sentido del humor, el cultivo de la excelencia del carácter, la erudición académica, etc.;más bien, cuando se presenta un dolor físico o psicológico intenso, sea en la vida de uno mismo o en la de una persona amada, reconocemos que este dolor intenso tiene prioridad y urgencia inmediatas. Si uno está en agonía después de pillarse la mano con la puerta, entonces despachará de mala manera a quien le instara a que recuerde las cosas buenas de la vida. Cuando se está angustiado tras una infeliz aventura amorosa, uno no quiere que le recuerden, sin ningún tacto, que afuera el día es hermoso.

Muy bien: mientras dura, el dolor extremo o la angustia psicológica tienen tal urgencia y prioridad que invalidan el resto de los proyectos de la vida; pero, ¿y qué? Cuando se acaba el sufrimiento, ¿por qué no seguir adelante con nuestra vida igual que antes?
Pues bien, la ciencia natural aspira a "una mirada desde ningún sitio", la perspectiva ideal de un observador divino. La física nos dice que no hay un "aquí y ahora" que tenga preferencia sobre los demás; todos son igualmente reales. Dentro de poco, la ciencia y la tecnología nos darán poderes divinos sobre todo el mundo viviente, acordes a esa perspectiva divina. Sostengo que mientras exista un solo ser vivo sintiente que padezca un sufrimiento similar a nuestra angustia, ese sufrimiento debe ser tratado con la misma prioridad y urgencia con que lo trataríamos si fuera un dolor propio o de un ser amado. El poder conlleva complicidad. Los poderes divinos conllevan responsabilidades divinas. La existencia del sufrimiento hace 200 años, por ejemplo, bien puede haber sido terrible; pero no está claro que aquél sufrimiento se pueda sensatamente calificar de "inmoral", porque era muy poco lo que se podía hacer al respecto. Sin embargo, gracias a la biotecnología, ahora, o muy pronto, sí será posible emplear ese calificativo. Durante los próximos siglos el sufriemiento de cualquier clase se tornará opcional.

Para quien no sea un utilitarista ético clásico, la ventaja de recalibrar la tendencia a la estabilidad hedónica, en vez de simplemente buscar elevar al máximo la súper-felicidad, es que se conserva por lo menos un descendiente reconocible de nuestra actual arquitectura de preferencias. El recalibrado de la tendencia a la estabilidad hedónica se puede hacer compatible con nuestro actual esquema de valores. Por lo tanto, es posible incluso hacer lugar para el mal llamado "utilitarista de preferencias". De hecho, el control sobre las emociones le permite a uno perseguir sus propios proyectos de vida con mayor eficacia.
¿Y qué hay de la supuesta capacidad del sufrimiento para fortalecer el carácter? "Lo que no me mata, me hace más fuerte”, dijo Nietzsche. Esta preocupación parece estar fuera de lugar. En igualdad de condiciones, mejorar el tono hedónico refuerza la motivación —nos hace psicológicamente más fuertes. En cambio, el desánimo prolongado conduce a un síndrome de indefensión aprendida y de desesperación en la conducta.

No he respondido explícitamente a los nihilistas de valores: el subjetivista o escéptico ético que dice que todos los valores son meras cuestiones de opinión y que nadie puede derivar lógicamente un "deber" a partir de un "ser".
Pues bien, supongamos que me encuentro sufriendo intensamente porque mi mano está sobre una estufa caliente. Este sufrimiento intenso es intrínsecamente motivador, incluso si mi convicción de que debo retirar la mano no sigue los cánones formales de la inferencia lógica. Si se toma en serio el panorama del mundo que pinta la ciencia, no hay nada ontológicamente especial o privilegiado en el aquí y ahora o el yo —la ilusión egocéntrica es una trampa de la perspectiva seleccionada por el ADN egoísta. Si es malo para mí estar sufriendo, entonces es malo para cualquiera y en cualquier lugar.

3: POR QUÉ VA A SUCEDER

De acuerdo, es técnicamente factible. Un mundo sin sufrimiento sería maravilloso; y el diseño de paraísos a gran escala, incluso mejor. Pero una vez más, ¿y qué? También es técnicamente posible construir un cubo de queso cheddar de mil metros de altura. ¿Por qué creer que habrá alguna vez un mundo sin dolor? Quizá sólo sea una expresión de deseos. Tal vez optemos por mantener indefinidamente la biología del sufrimiento2.

El argumento en contra es que, apoyemos o no el proyecto abolicionista, vamos rumbo a una revolución reproductiva de los bebés de diseño. Los futuros padres pronto van a elegir las características de sus futuros hijos. Estamos en los albores de la Transición post-darwiniana, no en el sentido de que la presión selectiva vaya a ser menos severa, sino porque la evolución dejará de ser "ciega" y "aleatoria": no seguirá habiendo selección natural, sino que habrá una selección no natural. Estaremos escogiendo la configuración genética de nuestros futuros descendientes, seleccionando y diseñando alelos y combinaciones alélicas en previsión de sus consecuencias. Habrá una presión selectiva en contra de las combinaciones alélicas y los alelos más desagradables que eran adaptativos en el ambiente ancestral.

Desafortunadamente, este no es un argumento riguroso, pero imagínese usted en la posición de ajustar las perillas que controlan los sustratos genéticos del temple emotivo —el tono hedónico predeterminado— de nuestros futuros hijos. ¿Qué nivel elegiría? Tal vez usted no quiera gradientes de súper-felicidad vitalicia, pero la gran mayoría de los padres seguramente elegirá tener niños felices. Para empezar, es más divertido criarlos. La mayoría de padres en la mayoría de las culturas afirman, creo que con sinceridad, que quieren que sus niños sean felices. Se puede ser relativamente escéptico de los padres que dicen que dicha felicidad es su única preocupación; muchos padres son extraordinariamente ambiciosos. Pero en igualdad de condiciones, la felicidad es un indicador del éxito —posiblemente el origen evolutivo último de por qué valoramos la felicidad de nuestros niños por igual que la nuestra.

Por supuesto, este argumento basado en la elección parental no es decisivo. Por empezar, no es claro cuántas generaciones de elecciones reproductivas libres habrá antes de que las tecnologías radicales contra el envejecimiento obliguen a un control colectivo cada vez más estricto sobre nuestras decisiones reproductivas —dado que una población en aumento de seres humanos eternamente jóvenes no se puede multiplicar indefinidamente en un espacio físico finito. Pero incluso si el control centralizado de las decisiones reproductivas se vuelve una norma, y la procreación en sí pasa a ser una rareza, es de esperar que la presión selectiva contra los genotipos darwinianos primitivos sea más intensa. Por lo tanto, es difícil imaginar qué formaciones sociales futuras vayan a permitir la creación premeditada de cualquier predisposición a desórdenes depresivos o de ansiedad —o incluso a las patologías "normales" de la conciencia tal como hoy la conocemos.

Los animales no humanos

Hasta ahora me he concentrado en el sufrimiento de una sola especie. Esta restricción del proyecto abolicionista es algo provinciana; pero nuestro sesgo antropocéntrico está profundamente enraizado. Cazar, matar y explotar a animales de otras especies mejoró la eficacia inclusiva de nuestros genes en el ambiente ancestral. [En esto estamos más cerca de los chimpancés que de los bonobos.] Por lo que, al contrario de lo que sucede en cuestiones como el tabú del incesto, no tenemos una predisposición innata a considerar, por ejemplo, que es malo cazar y explotar animales no humanos. Leemos que el loro de Irene Pepperberg, con el que tuvimos un antepasado común por última vez hace varios centenares de millones de años, tenía la edad mental de un niño de tres años. Pero todavía es legal para los llamados cazadores deportivos disparar a las aves para divertirse. Si los cazadores dispararan a bebés y a niños pequeños de nuestra propia especie para divertirse, serían considerados sociópatas criminales y se los encerraría.

Así pues, hay un marcado contraste: la noticia de primera plana en los medios de comunicación es a menudo un caso terrible de abuso o desatención de niños, de un niño pequeño secuestrado o de huérfanos rumanos abandonados. Nuestros personajes más odiados son quienes maltratan y asesinan a niños. Sin embargo, nos parece normal pagar por el exterminio masivo industrializado de otros seres sintientes para que nos los podamos comer. Comemos carne, aunque abundan las pruebas deque desde el punto de vista funcional, emocional e intelectual (y, lo que es fundamental, por su capacidad de sufrimiento), los animales no humanos que criamos y matamos en granjas industriales son equivalentes a bebés humanos y niños pequeños.

Desde la perspectiva un observador divino, se puede sostener que moralmente nos debe importar tanto el maltrato de los animales no humanos funcionalmente equivalentes como el maltrato de los miembros de nuestra propia especie — tanto el maltrato y asesinato de un cerdo como el maltrato y asesinato de un niño humano. Esto violenta nuestras intuiciones morales humanas; pero lo cierto es que estas intuiciones no son de confiar, pues reflejan nuestro sesgo antropocéntrico y son no sólo una limitación moral, sino también una limitación intelectual y perceptual. No se trata de que no existan diferencias entre los seres humanos y los animales no humanos, como tampoco se trata de que no existan diferencias entre negros y blancos, entre ciudadanos libres y esclavos, entre hombres y mujeres, entre judíos y gentiles, o entre homosexuales y heterosexuales. La cuestión es más bien la siguiente: estas diferencias, ¿son moralmente relevantes? Esto es importante porque cuando nos aferramos a una diferencia real pero moralmente irrelevante entre seres sintientes, las consecuencias pueden ser moralmente catastróficas. [Recordemos que Aristóteles, por ejemplo, defendía la esclavitud. ¿Cómo podía estar tan ciego?] Nuestras intuiciones morales están envenenadas por el autointerés genético: no fueron diseñadas para adoptar el punto de vista ideal de un observador divino. Pero una mayor inteligencia aporta una mayor capacidad cognitiva para la empatía, y potencialmente un ámbito de compasión más amplio. Quizá nuestros descendientes superinteligentes y superempáticos pensarán que el maltrato de los animales no humanos es igual de repugnante que el maltrato infantil lo es para nosotros: una terrible perversión.

Sea o no verdad lo anterior, podría alegarse que nunca vamos a dejar de comernos entre nosotros. Nuestro sesgo autointeresado es demasiado fuerte. Nos gusta demasiado el sabor de la carne. La idea del veganismo global, ¿no es acaso un sueño utópico?
Quizás. Pero dentro de unas pocas décadas habrá carne artificial genéticamente diseñada, por lo que podremos disfrutar de comer "carne" más sabrosa que cualquiera de las actuales, sin muerte ni crueldad. Como anticipo de lo que nos espera, se ha puesto en marcha el In Vitro Meat Consortium en un encuentro celebrado en la Universidad Noruega de Ciencias de la Naturaleza en junio de 2007. Algo crucial es que el cultivo de carne a partir de células individuales genéticamente diseñadas probablemente se puede lograr a cualquier escala: su consumo masivo a nivel global es potencialmente más barato que emplear animales no humanos. Así pues, suponiendo que en el futuro previsible se mantengan las transacciones monetarias y la economía de mercado, es probable que la carne artificial barata y deliciosa sustituya a las granjas industriales y a la matanza en masa de las criaturas que comparten con nosotros el planeta.

Podemos ser escépticos y preguntarnos: ¿realmente la mayor parte de la gente va a comer carne artificial de gourmet, aunque sea más barata y más sabrosa que la carne de animales no humanos?
Si la carne artificial se comercializa adecuadamente, así será. Porque cuando descubramos que preferimos el sabor de la carne artificial a las carcasas de animales muertos, los argumentos morales que abogan por una dieta libre de crueldad serán probablemente mucho más convincentes que actualmente.

Sin embargo, incluso si llegamos a un veganismo mundial, ¿acaso no quedarán terribles crueldades en la naturaleza? Los documentales sobre la vida salvaje nos ofrecen una visión muy "a lo Bambi" del mundo vivo; no sería un buen documental el que mostrase durante media hora a un animal no humano que muere de sed o de hambre, o que es lentamente asfixiado y devorado vivo por un predador. ¿Y acaso no es necesario que exista una cadena alimenticia? La naturaleza es cruel; pero, ¿no es esencial que haya predadores para evitar el crecimiento exponencial de la natalidad y las catástrofes maltusianas?

Nada de eso. Si así lo queremos, podemos emplear implantes anticonceptivos subcutáneos3, rediseñar el ecosistema global y reescribir el genoma de los vertebrados para eliminar el sufrimiento también del resto del mundo natural. Los animales no humanos no necesitan que se los libere; necesitan que se los cuide. Tenemos la obligación de cuidar de ellos, al igual que tenemos la obligación de cuidar de los bebés y de los niños pequeños, de los ancianos y de los discapacitados mentales. Esta perspectiva puede parecer remota; pero la destrucción del hábitat significa, de hecho, que en este siglo lo único que quedará de la naturaleza serán nuestros parques naturales. Del mismo modo en que en los zoológicos no alimentamos a las serpientes con roedores aterrorizados --reconocemos la barbarie de tal práctica--, ¿realmente seguiremos permitiendo las crueldades en nuestros parques naturales terrestres porque son "naturales"?

La última frontera del planeta Tierra son los océanos. Intuitivamente, la tarea paree demasiado difícil. Sin embargo, el crecimiento exponencial de la capacidad de procesamiento informático y las tecnologías de nanorobots significa que, en teoría, también podremos rediseñar completamente el ecosistema marino. Actualmente este rediseño todavía no es posible; dentro de unas pocas décadas, será posible informáticamente aunque todavía un gran desafío; con el correr del tiempo, sin embargo, se volverá una trivialidad técnica. De modo que la pregunta es: ¿lo haremos realmente?¿Deberíamos hacerlo - o debemos en su lugar preservar el statu quo darwiniano? Aquí estamos claramente en el reino de la especulación. Pero podemos recurrir a lo que podría denominarse el "principio de la benevolencia débil". A diferencia de la afirmación controvertida de que la superinteligencia implica superempatía, el principio de la benevolencia débil no presupone que nuestros descendientes, avanzados desde un punto de vista tecnológico y cognitivo, serán moralmente más avanzados que nosotros.

Demos un ejemplo concreto de cómo se aplica este principio. Si hoy se ofrece a los consumidores la opción de comprar huevos de corral o huevos de granjas industriales, la mayoría de ellos elegirá los huevos de corral. Si los huevos de granjas de baterías fueran un centavo más baratos, la mayoría de las personas continuaría eligiendo la opción libre de crueldad. Es cierto que no debemos subestimar la maldad, la mala voluntad y la propensión a la violencia de los humanos; pero la mayoría de nosotros tenemos al menos una propensión débil a la benevolencia. Cuando interviene algún elemento perceptible de autosacrificio, por ejemplo, si los huevos de corral cuestan 20 centavos más, entonces, lamentablemente, las ventas caen abruptamente. Mi punto es que si fuese posible --y es ciertamente discutible que esta sea una posibilidad real-- eliminar o reducir a niveles insignificantes el sacrificio que se pide a quienes las cuestiones morales les son indiferentes, el proyecto abolicionista se puede llevar adelante hasta los confines del mundo viviente.

Author: David Pearce (2007)
Translation revised by: Pablo Stafforini (2011)

see too 1, 2, 3, 4, 5, 6 : 7


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Wirehead Hedonism
The Good Drug Guide
Paradise Engineering
Quotations on Suffering
Reprogramming Predators
Cirugía Utópica (en español)
MDMA: Utopian Pharmacology
La Superfelicidad (en español)
The Transhumanist Declaration
Critique of Huxley's Brave New World
El Bodhisattva Genómico (en español)
La revolución reproductiva (en español)
Entrevista a Nick Bostrom y David Pearce (en español)
Sintiéndose maravillosamente, por siempre (en español)
La reprogramación de los animales predadores (en español)

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